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De la memoria y la responsabilidad política

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Recientemente Jefferson Pérez habría declarado tener cierta admiración por el dictador Pinochet. Las desafortunadas palabras de Pérez provocaron malestar en las redes sociales. Sin embargo -más allá de si quiso o no quiso decir lo que dijo- la sola mención del dictador en el contexto de una campaña electoral, donde lo simbólico de nuestras referencias políticas son importantes, es el síntoma del movimiento reaccionario que ocupa el debate público dominante en el país y de las tentaciones fascistas que recorren América latina.

Sin duda la carrera como deportista de Pérez es remarcable y la gente así lo reconoce. Pero que el medallista olímpico goce de la simpatía de los ecuatorianos no quiere decir que adhieran automáticamente a sus ideas políticas. En un proceso electoral no es la carrera como deportista que está en cuestión, en política –el terreno que Pérez ha escogido para su combate- lo que se cuestiona son las ideas. Y en ese terreno me parece que Pérez derrapó.

“Somos un movimiento humanista-liberal, defendemos la vida y las libertades que tiene el ser humano de decidir y opinar. En la clasificación tradicional de la política somos de centro izquierda” declaró Pérez. A priori la referencia de Pinochet en su universo político ideológico no tendría lugar, sin embargo no es imposible por dos razones: primero porque el trabajo de memoria que acompaña a los procesos de restauración de la democracia en el caso de Chile ha sido lento e inconcluso. Y segundo porque en el discurso mediático dominante las maliciosas amalgamas del progresismo con la corrupción ha generado una suerte de desconfianza en la izquierda política.

En ese sentido desde el discurso liberal se tiende a relativizar la dictadura arguyendo el éxito de lo que se llamó el “modelo” económico. Algunos incluso hablan del precio que la sociedad chilena debió pagar para liberarse de los comunistas. Ha sido el movimiento estudiantil en 2011 que se atrevió recién a cuestionar el sacrosanto “modelo”, que no es otra cosa que el neoliberalismo. En Brasil recientemente vimos acceder al poder a un ex militar nostálgico de la dictadura de los años 60. En Ecuador, a pesar que la catástrofe social y económica que provocó el neoliberalismo es reciente, se ha visto como sutilmente ciertos medios se han encargado de edulcorar la figura de León Febres Cordero y del PSC. Su deuda con los derechos humanos los deshonra pero en el país olvidamos las cosas con facilidad. Precisamente se cumplieron 31 años de la desaparición de los hermanos Restrepo por quienes aún se reclama justicia.

El “precio a pagar” en Chile es difícil precisarlo en cifras, los más prudentes hablan de 1198 detenidos-desaparecidos, 3197 muertos y entre 30000 y 300000 casos de tortura. Un millón de personas dejaron Chile durante la dictadura y 250000 fueron expatriados por razones políticas. Heridas profundas que perduran hasta hoy. En 1990 salieron los militares del poder pero los civiles han gobernado con las instituciones de la dictadura. Las cicatrices de la brutal dictadura de Pinochet han marcado la historia política de Chile y de América latina. Todo empezó con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Ese día el presidente Salvador Allende asediado en el Palacio de la Moneda dirigió su último mensaje a los trabajadores: “No voy a renunciar –dijo- pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”. En efecto el neoliberalismo debió abrirse paso con las balas frente al gobierno de la Unidad Popular. La vía chilena de transición pacífica al socialismo fue sometida a un ataque feroz de parte de la derecha política, poderosa económicamente, influyente mediáticamente y “con las riendas del poder” desde la independencia. El proyecto de justicia social de Allende asustó a la oligarquía chilena que se parapetó en los cuarteles para defender sus privilegios.

Las palabras de Jefferson Pérez sobre el dictador Pinochet son condenables porque no se trata de la simple opinión de un ciudadano, hace tiempo que su opinión tiene un peso en la sociedad ecuatoriana, sino porque es un político que aspira a tener responsabilidades políticas. Creo que ese tipo de declaraciones amenazan las frágiles instituciones democráticas del país porque naturalizan en el debate político el odio de clase y el autoritarismo que le es connatural al neoliberalismo.

Las consecuencias políticas que entrañan las erróneas declaraciones de Pérez –asumidas o no- deben ser combatidas políticamente. Signos de autoritarismo no son extraños en nuestro medio. Recuérdese que el gobierno actual en Ecuador no ha dudado en llamar abiertamente a una “cacería de brujas” contra sus adversarios políticos (correístas). Intenta por medios inconfesables sacar a Assange de la embajada. Ha llegado a asociar un crimen con la migración venezolana! En ese ambiente políticamente descompuesto, la confusión es tal que no sería extraño que intenten imponernos un Bolsonaro criollo. No hay que ser demasiado perspicaz para advertir que existe una voluntad de hacer aceptable el estado de excepción como la normalidad.

Carlos Guevara Ruiz

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